La verdadera movida

Nacho Vegas

Han pasado unos 18 años desde la primera vez que escuche a Surfin’ Bichos, y el recuerdo se mantiene en mi memoria fresco como una lechuga asturiana. Fue en el Diario Pop de Radio 3, que se emitía cada noche hasta las dos de la mañana. Yo tenía que madrugar para ir al instituto y a duras penas aguantaba despierto, pero la perspectiva de escuchar el nuevo single de los Pastels o de los Jesus & Mary Chain me hacía mantener los ojos y oídos bien abiertos.

Además, empezaban a emerger bandas nacionales que serían la avanzadilla del relevo generacional: Vancouvers, Aventuras de Kirlian y sobre todo, Surfin’ Bichos, por los que Ordovás sentía un especial y poco disimulado cariño. Gente abollada, se llamaba la joya. Ya desde el título, imposible olvidarla. No conocía a nadie que cantara de ese modo –una voz susurrante que rezumaba mala uva y al tiempo resultaba extrañamente tierna– ni nadie que cantara esas cosas en mi idioma: la primera y última gran oda a la figura del perdedor que ha dado el rock en este país, y me van a disculpar la sentencia.

“Para Surfin’ Bichos, con amor”

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Los padrinos del indie (y los amigos de las tormentas).

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