Calexico + Iron & Wine

Yo controlo

Es cierto que tras Loveless perdí algo la cabeza. Era un estado maníaco, pero nunca fuera de control. Me sé cuidar mejor que la mayoría, soy muy autónomo. Simplemente, no hacía lo que me apetecía. Y como me las arreglaba, pude seguir así año tras año, sin trabajar, levantándome por la tarde y viendo un montón de películas de mierda.

Kevin Shields, 2004

[Rockdelux, feb-08]

Red Jazz

Y fuera

Estábamos en casa de Morfi, éramos trece personas y Javi quiso hacer rayas para todos. Le pidió un espejo a Morfi. Este se fue a su habitación, desencajó la puerta e un armario ropero y volvió a la sala.

Jordi Subidas, bajista de La Banda Trapera del Río

 

Más La Banda Trapera del Río:

Love - Love

Coachella´08

Conciertazo (de Vallecas al cielo)

1978, festival Broncorock en la Casa de Campo de Madrid…

Nada más llegar vimos como las pandas de Vallecas daban una paliza a uno de los organizadores. Habían reventado las vallas y se habían colado por la cara. A los de Lone Star les habían robado la batería. No había dinero para pagar a los grupos y los guantazos iban y venían. Ya que estábamos allí decidimos tocar. Dimos un conciertazo. Al acabar subió un menda al escenario, cogió el micro y obligó a todo el mundo a aportar algo de pasta. ¡Nos dieron 76.000 pelas en monedas! Además nos cargaron la furgoneta y nos metieron micros que no eran nuestros.

Rafa Pulido, batería de La Banda Trapera del Río

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Play

La verdadera movida

Nacho Vegas

Han pasado unos 18 años desde la primera vez que escuche a Surfin’ Bichos, y el recuerdo se mantiene en mi memoria fresco como una lechuga asturiana. Fue en el Diario Pop de Radio 3, que se emitía cada noche hasta las dos de la mañana. Yo tenía que madrugar para ir al instituto y a duras penas aguantaba despierto, pero la perspectiva de escuchar el nuevo single de los Pastels o de los Jesus & Mary Chain me hacía mantener los ojos y oídos bien abiertos.

Además, empezaban a emerger bandas nacionales que serían la avanzadilla del relevo generacional: Vancouvers, Aventuras de Kirlian y sobre todo, Surfin’ Bichos, por los que Ordovás sentía un especial y poco disimulado cariño. Gente abollada, se llamaba la joya. Ya desde el título, imposible olvidarla. No conocía a nadie que cantara de ese modo –una voz susurrante que rezumaba mala uva y al tiempo resultaba extrañamente tierna– ni nadie que cantara esas cosas en mi idioma: la primera y última gran oda a la figura del perdedor que ha dado el rock en este país, y me van a disculpar la sentencia.

“Para Surfin’ Bichos, con amor”

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Los padrinos del indie (y los amigos de las tormentas).

Portishead - Dummy